Casi todo el mundo que desembarca en las islas Cíes comete el mismo dulce error: quedarse atrapado en el hechizo inmediato de la playa de Rodas. Es comprensible. Su media luna de arena finísima y ese azul caribeño que desafía la lógica atlántica desarman a cualquiera a los cinco minutos de pisar el muelle. Sin embargo, en mi última visita me propuse dejar atrás las sombrillas familiares y el murmullo del arenal principal para buscar la piel auténtica del archipiélago: las playas vírgenes en Islas Cíes, donde la naturaleza sigue marcando las reglas sin concesiones.
Ajusté la mochila a la espalda y tomé el sendero que serpentea bajo los pinares hacia el extremo norte de la isla de Monteagudo. Conforme te alejas del muelle y de los restaurantes, el rumor de la gente se apaga con rapidez, sustituido por el crujido de las piñas bajo las botas y el chillido estridente de las gaviotas patiamarillas que vigilan desde los cantiles de roca. El aire aquí huele distinto: una mezcla limpia de resina templada por el sol y salitre denso que sube arrastrado por la brisa.
Tras superar una cuesta empedrada y seguir una bifurcación de tierra batida, el bosque se abrió de golpe sobre la cala de Figueiras. Bajar hasta su orilla es entrar en otra dimensión. Resguardada entre laderas de vegetación autóctona y paredes graníticas, esta playa de tradición naturista conserva una serenidad casi intacta. La arena blanca tiene un tacto frío y mineral, y el agua es tan transparente que permite contar las piedras del fondo marino y seguir el nado huidizo de los sargos a varios metros de la rompiente. Descalzarse y meter los pies en ese agua gélida y viva es el mejor antídoto contra las prisas del continente.
Pero mi verdadera recompensa aguardaba un poco más allá, bordeando el sendero que conduce hacia el faro de Peito. Ocultas entre los pliegues de la costa escarpada asoman pequeñas ensenadas salvajes, como la solitaria playa de Cantareira o la diminuta cala de As Margaridas. No hay pasarelas de madera, socorristas ni comodidades artificiales; solo cantos rodados pulidos por milenios de mareas, algas frescas meciéndose con el oleaje y una sensación de aislamiento absoluto frente a la inmensidad del océano abierto.
Me senté sobre una roca templada por la tarde a contemplar cómo rompía el Atlántico al fondo, custodiado por la silueta lejana de la península de O Morrazo. En ese rincón solitario comprendí que el verdadero tesoro del Parque Nacional no reside únicamente en su postal más famosa, sino en la resistencia de estos pequeños refugios vírgenes. Descubrirlos exige caminar, sudar la cuesta y guardar un respeto reverencial por cada grano de arena, pero regala el privilegio impagable de sentirte, aunque sea por unas horas, el único habitante en el confín del mundo.